Ocho personas completamente sanas se internaron en hospitales psiquiátricos de Estados Unidos. Una vez adentro, actuaron con total normalidad. El personal médico no las reconoció. Los otros pacientes, en cambio, sí.

Eso fue en 1973. Y sigue siendo uno de los hallazgos más perturbadores que la psicología haya publicado jamás — no porque revele algo sobre la locura, sino porque revela algo sobre el poder de una etiqueta para reescribir todo lo que viene después.

David Rosenhan era psicólogo en Stanford. La pregunta que lo obsesionaba no era nueva, pero nadie la había llevado tan lejos: ¿pueden los profesionales de la salud mental distinguir a alguien sano de alguien enfermo cuando no tienen otra información que el contexto en el que se encuentran?

Para averiguarlo, diseñó un experimento que hoy figura en todos los manuales de psicología y que en su momento sacudió las bases de la psiquiatría institucional. Reclutó ocho personas — un estudiante de posgrado, tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, una pintora y un ama de casa — y les dio instrucciones precisas: presentarse en la sala de urgencias de doce hospitales psiquiátricos distintos de cinco estados diferentes, y reportar un único síntoma. Solo uno.

Decirle al médico que escuchaban una voz. Una voz que decía, de manera intermitente, tres palabras: «vacío», «hueco», «ruido sordo».

Nada más.

Los ocho pseudopacientes fueron admitidos. Once recibieron diagnóstico de esquizofrenia. Uno, de psicosis maníaco-depresiva. Desde el momento en que cruzaron la puerta del hospital, dejaron de simular cualquier síntoma y se comportaron exactamente como lo harían fuera. Hablaban con normalidad, comían, dormían, escribían notas en sus libretas. Cuando el personal les preguntaba cómo estaban, respondían que se sentían bien, que los síntomas habían desaparecido.

El tiempo promedio que tardaron en ser dados de alta: diecinueve días. Uno permaneció internado cincuenta y dos. Todos salieron con el diagnóstico original en su historia clínica, acompañado de una anotación que ninguno de ellos había pedido: en remisión.

No sano. En remisión.

Rosenhan publicó los resultados en enero de 1973 en la revista Science, bajo el título «On Being Sane in Insane Places». El paper tuvo el efecto de un golpe en la cara.

Lo que el experimento mostraba no era que los médicos fueran incompetentes. Era algo más difícil de resolver: que el diagnóstico no describe solo al paciente. Describe también el marco a través del cual todo lo que el paciente hace será interpretado de ahí en adelante.

Rosenhan documentó casos específicos. Un pseudopaciente que tomaba notas en su libreta tenía esa conducta registrada en su historial como «comportamiento escritural compulsivo». Otro que llegaba temprano al comedor — porque el aburrimiento de la internación hacía que las comidas fueran el único evento del día — tenía anotado «presenta conductas orales de carácter ansioso». Comportamientos absolutamente normales, reencuadrados como síntomas una vez que el diagnóstico estaba en su lugar.

Un diagnóstico no solo describe lo que le pasa a alguien. Reescribe retrospectivamente todo lo que esa persona hace, dijo o pensó antes de recibirlo.

El personal no mentía. No había mala fe. Eso es lo que hace el hallazgo especialmente difícil de descartar: no se trata de médicos malvados ignorando a pacientes sanos. Se trata de cómo funciona la percepción humana cuando opera dentro de un contexto institucional que ya tomó una decisión.

Una vez que el sistema clasificó a alguien como enfermo, esa clasificación se convirtió en el lente con el que toda información posterior era procesada. No había forma de desconfirmarla desde adentro.

«La normalidad —y presumiblemente la anormalidad— no es una propiedad de la persona, sino del entorno y del contexto en el que el observador la encuentra.» — David Rosenhan, On Being Sane in Insane Places, Science, 1973

Y entonces llegó el contragolpe que convirtió el experimento en leyenda.

Un hospital psiquiátrico, furioso con las conclusiones de Rosenhan, lo desafió públicamente. Anunció que ese tipo de engaño nunca podría ocurrir en sus instalaciones. Rosenhan aceptó el reto: en los siguientes tres meses, les dijo, enviaría pseudopacientes. El hospital debería identificarlos.

Al cabo de ese período, el hospital había marcado con alta sospecha a cuarenta y un pacientes. Los había señalado como posibles impostores.

Rosenhan no había enviado a ninguno.

Sala de espera de hospital psiquiátrico con sillas alineadas contra la pared y ventanas con rejas
Sala de espera de una unidad de salud mental en un hospital estatal de Massachusetts, 1970. Las condiciones de internación en la época del experimento Rosenhan eran, en muchos casos, idénticas a las que describe el paper.

El resultado del contragolpe era tan revelador como el experimento original, pero en dirección opuesta: primero, el sistema fue incapaz de detectar impostores cuando no los buscaba. Después, fue incapaz de no detectarlos cuando los estaba buscando. El diagnóstico no era una observación objetiva. Era una hipótesis que la institución confirmaba o negaba según cuál fuera la presión del momento.

El impacto del paper fue inmediato y duradero. Contribuyó de manera directa al proceso de revisión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales —el DSM— que culminó en su tercera edición en 1980, con criterios de diagnóstico explícitos y operacionalizados que intentaban reducir la dependencia del juicio clínico subjetivo.

El psiquiatra Robert Spitzer, uno de los arquitectos del DSM-III, respondió al paper de Rosenhan con una crítica metodológica publicada también en Science en 1975. Su argumento central: que los psiquiatras habían actuado racionalmente dado el contexto. Si alguien reporta escuchar voces, diagnosticar esquizofrenia no es un error — es una respuesta médica correcta a los datos disponibles. El problema no era el sistema diagnóstico. Era que el sistema fue deliberadamente engañado.

Era un punto válido. Pero no deshacía la segunda parte del experimento.

El psicólogo social Lee Ross, que desarrolló el concepto de error fundamental de atribución en la misma época, señaló que el experimento de Rosenhan era una demostración perfecta de cómo los seres humanos sobreestiman las causas disposicionales (algo está mal en esta persona) y subestiman las situacionales (algo está mal en el contexto que genera esta percepción). En ese sentido, el fallo no era exclusivo de los psiquiatras. Era humano.

En 2019, la periodista Susannah Cahalan publicó The Great Pretender, una investigación que sometió el experimento de Rosenhan a un escrutinio que el paper original no había tenido. Lo que encontró fue inquietante por razones distintas.

Al intentar reconstruir el estudio — verificar quiénes habían sido los ocho pseudopacientes, acceder a las notas originales, cruzar los registros hospitalarios — Cahalan descubrió inconsistencias graves en la documentación. Los diarios de al menos uno de los pseudopacientes, conservados en los archivos de Stanford, no coincidían con lo que Rosenhan había reportado en el paper. Algunas admisiones podrían haber sido facilitadas por síntomas más elaborados que los que el paper describía. Los registros de varios hospitales no pudieron ser verificados.

La conclusión de Cahalan no era que el experimento fuera una fabricación completa. Era algo más matizado: que Rosenhan había construido una narrativa sobre datos reales, pero que esa narrativa podría haber sido seleccionada y moldeada para producir la conclusión que él ya tenía en mente.

Si eso fuera cierto, el experimento tendría una ironía adicional difícil de ignorar: una investigación diseñada para demostrar cómo el sesgo de confirmación contamina el diagnóstico podría haber sido ella misma víctima del sesgo de confirmación en su construcción.

Portada del número de enero de 1973 de la revista Science con el artículo de Rosenhan visible
El artículo «On Being Sane in Insane Places» fue publicado en el volumen 179 de Science el 19 de enero de 1973. Su publicación en la revista científica más citada del mundo le dio una legitimidad institucional que amplificó su impacto durante décadas.

Eso no invalida la pregunta central. Los problemas que Rosenhan señaló — la influencia del contexto sobre el diagnóstico, la tendencia del sistema a confirmar sus propias hipótesis, la asimetría de poder entre el paciente internado y la institución que lo clasifica — siguen siendo reconocidos como desafíos reales por la psiquiatría contemporánea. La crítica a la metodología no convierte los problemas en inexistentes.

Lo que sí hace es añadir una capa de complejidad que el paper original no tenía: el experimento que reveló cómo las instituciones resisten la evidencia que contradice sus diagnósticos podría haber sido, él mismo, resistente a la evidencia que contradecía su tesis.

Y eso deja una pregunta que no tiene respuesta cómoda: si el estudio más influyente sobre el sesgo diagnóstico en psiquiatría está él mismo bajo sospecha de sesgo, ¿eso refuerza su argumento central o lo destruye?