En 1990, un psiquiatra de la Universidad de Nuevo México recibió permiso para inyectar dimetiltriptamina en seres humanos por primera vez en veinte años. Lo que los voluntarios describieron al despertar no encajaba en ninguna categoría que la ciencia tuviera disponible.

No era “ver colores”. No era “sentirse raro”. Eran reportes sistemáticos, de personas sin conexión entre sí, que describían haber cruzado a otro lugar y encontrado ahí a alguien esperándolos.

La dimetiltriptamina —DMT— es una molécula de la familia de las triptaminas que el cuerpo humano produce de forma endógena. Está presente en la sangre, en el líquido cefalorraquídeo y en el tejido pulmonar de mamíferos, incluidos los humanos. Su existencia en el organismo se documentó por primera vez en la década de 1960, pero durante más de dos décadas los ensayos clínicos con psicodélicos en seres humanos quedaron técnicamente paralizados en Estados Unidos después de que la DEA clasificara estas sustancias como Schedule I en 1970: sin uso médico aceptado, alto potencial de abuso, sin posibilidad de investigación sin un proceso de aprobación que hasta ese momento nadie había logrado atravesar.

Rick Strassman, entonces profesor asociado de psiquiatría en la UNM, atravesó ese proceso. Tardó dos años en obtener la aprobación simultánea de la FDA, la DEA y el comité institucional de revisión de la universidad. En 1990 comenzó el primer estudio humano con un psicodélico clásico autorizado por el gobierno federal estadounidense desde que el movimiento antidroga de los años setenta cerró ese campo.

El protocolo era clínico y deliberadamente frío: sala hospitalaria, monitoreo de constantes vitales, dosis controladas administradas por vía intravenosa, registro escrito de cada sesión. Entre 1990 y 1995, Strassman y su equipo administraron aproximadamente 400 sesiones a 60 voluntarios seleccionados. Los participantes eran adultos con experiencia previa en psicodélicos —un criterio de inclusión que reduciría variables de pánico o desorientación extrema— y sin historial de psicosis. Ninguno conocía los reportes de los demás.

Fotografía de un laboratorio de neurociencia con monitores de electroencefalografía encendidos y electrodos sobre una superficie metálica
Equipos de monitoreo de actividad cerebral similares a los usados en ensayos clínicos con sustancias psicoactivas en la Universidad de Nuevo México durante los años noventa.

Lo que Strassman no anticipaba —o no admitía anticipar— era la convergencia de los reportes.

El DMT intravenoso actúa en menos de un minuto. Los efectos duran entre quince y treinta minutos. En ese intervalo, una proporción significativa de los sujetos del estudio describían una experiencia con una arquitectura narrativa reconocible: primero, geometrías de alta frecuencia que se intensificaban hasta volverse inmersivas; luego, una ruptura, como si el espacio ordinario cediera; y después, presencias. Entidades. Seres que, según los testimonios recogidos por Strassman, no parecían ser proyecciones del propio inconsciente sino algo externo, con agencia propia, a veces comunicativo, a veces indiferente.

Un sujeto los describió como “médicos”. Otro habló de “insectos inteligentes”. Una mujer describió una sala donde “ya había estado antes” y donde “algo le mostró información”. Estos no son paráfrasis literarias sino síntesis de los testimonios que Strassman documentó en su libro de 2001, DMT: The Spirit Molecule, donde publicó los reportes de sus sesiones con un nivel de detalle inusual para la literatura científica de la época.

La pregunta que el protocolo no podía responder era si esto era alucinación —una producción interna del cerebro bajo estrés farmacológico— o percepción: acceso a algo que existe fuera del sujeto y que la molécula, por algún mecanismo desconocido, hacía temporalmente visible.

Personas sin conexión entre sí, bajo un protocolo clínico idéntico, describían las mismas entidades. La ciencia tenía los datos. No tenía el marco.

Strassman no adoptó la segunda hipótesis de forma explícita en sus publicaciones académicas. Pero tampoco descartó la posibilidad. La razón por la que el estudio se volvió internacionalmente conocido —y por la que fue criticado por una parte del establishment científico— fue precisamente esa: el investigador principal no intentó forzar los datos dentro de un modelo explicativo previo. Los publicó como eran, con toda su incomodidad ontológica.

La convergencia de los reportes es el dato que más resiste la explicación trivial. Si la experiencia fuera puramente la proyección del material inconsciente del sujeto —como propone la lectura estrictamente psicoanalítica— cabría esperar una mayor variabilidad entre individuos con historias personales distintas. Lo que el estudio mostró fue una estructura fenomenológica recurrente que no dependía del bagaje cultural, las creencias religiosas ni la historia personal de cada voluntario. Gente que no creía en nada encontraba entidades. Gente que creía en todo las encontraba también. El contenido variaba; la arquitectura de la experiencia, no.

Esto no prueba nada sobre la naturaleza de esas entidades. Pero sí plantea una pregunta metodológica que la neurociencia todavía no ha resuelto limpiamente: ¿cómo distinguir entre una alucinación muy consistente y la percepción de algo real que normalmente no percibimos?

La hipótesis más llamativa que emergió del trabajo de Strassman fue la de la glándula pineal. Una glándula pequeña, ubicada en el centro del cerebro, que Descartes llamó “el asiento del alma” y que varios sistemas espirituales asiáticos han asociado durante siglos con el “tercer ojo”. Strassman propuso que la glándula pineal podría ser el sitio de síntesis endógena del DMT, y que en momentos de estrés extremo —muerte clínica, nacimiento, sueño profundo— podría liberar cantidades suficientes de la molécula para inducir estados alterados sin fuente externa.

Era una hipótesis elegante. También era, en gran medida, especulativa.

En 2013, el bioquímico Steven Barker publicó junto a su equipo en Biomedical Chromatography los resultados de un estudio que localizaba la síntesis de DMT endógeno principalmente en tejido pulmonar, no en la glándula pineal. Los pulmones, no el asiento del alma. La hipótesis de Strassman no quedó refutada en términos absolutos —la síntesis podría ocurrir en múltiples sitios— pero su pieza central, la pineal como glándula psicodélica, perdió soporte empírico directo. Lo que queda en pie es la existencia de la molécula en el organismo, su capacidad de atravesar la barrera hematoencefálica, y la pregunta sin respuesta sobre qué función fisiológica cumple cuando el cerebro la produce solo.

Modelo tridimensional de la molécula de dimetiltriptamina renderizado sobre fondo negro con estructura química en color azul y blanco
Representación estructural de la molécula de dimetiltriptamina (DMT), una triptamina endógena cuya función fisiológica en mamíferos sigue siendo objeto de investigación activa.

El trabajo de Strassman no ocurrió en el vacío. Mientras él documentaba reportes de entidades en Albuquerque, en Brasil un uso ritual del DMT llevaba décadas siendo practicado de forma legal bajo la protección del derecho a la libertad religiosa.

La ayahuasca es una preparación vegetal que combina plantas que contienen DMT con plantas que contienen inhibidores de la monoaminooxidasa (MAO), enzimas que normalmente descomponen la molécula antes de que llegue al cerebro. El resultado es un psicodélico oral activo de varias horas de duración. La União do Vegetal (UDV) y el Santo Daime son dos iglesias brasileñas que usan ayahuasca como sacramento desde el siglo XX, con estatuto legal en Brasil desde 1987 y en Estados Unidos desde una sentencia de la Corte Suprema de 2006.

Estos contextos rituales abrieron una ventana de investigación paralela. El neurocientífico Jordi Riba, en colaboración con grupos de la Universidad Autónoma de Barcelona, publicó entre 2001 y 2015 una serie de estudios sobre los efectos de la ayahuasca en cognición, neuroimagen y neuroplasticidad. Sus resultados, publicados en revistas como Psychopharmacology y Human Brain Mapping, mostraban activación intensa en regiones asociadas con la memoria episódica, la introspección y la integración de información compleja —la corteza prefrontal medial, el precúneo, el córtex cingulado anterior. No el circuito del placer. No la supresión de la crítica. Al contrario: activación de los sistemas que el cerebro usa para construir narrativas sobre sí mismo.

En paralelo, el psiquiatra Manuel Taragano y equipos del Instituto Nacional de Psiquiatría de México documentaron, en muestras de usuarios regulares de ayahuasca en contextos religiosos, puntuaciones más altas en escalas de bienestar psicológico y menor incidencia de depresión clínica respecto a poblaciones de control. El tamaño de muestra es insuficiente para hablar de causalidad; la metodología de algunos estudios ha sido criticada por sesgos de autoselección. Pero la dirección consistente de los datos es difícil de ignorar.

Lo que Riba y otros investigadores observaron en neuroimagen también tiene implicaciones para interpretar los reportes del estudio de Strassman: si la molécula activa preferentemente los sistemas de construcción de sentido y narrativa autobiográfica, los encuentros con “entidades” podrían ser el modo en que el cerebro externaliza y da forma concreta a información que normalmente procesa de manera implícita. Una hipótesis que no resuelve el problema, pero lo reencuadra de forma más precisa.

Hay una lectura alternativa que el modelo neurológico estándar no cierra con comodidad.

Si el DMT existe en el organismo —en la sangre, en los pulmones, en el tejido cerebral— y si sus niveles fluctúan de forma mesurable durante ciertos estados fisiológicos, podría sugerir que la molécula tiene una función activa en la modulación ordinaria de la conciencia, no solo en sus extremos patológicos o farmacológicos. Esta idea, que investigadores como Rick Strassman y Jordi Riba han planteado con cautela, implicaría que el umbral entre “percepción normal” y “alucinación” es más convencional y más bioquímicamente arbitrario de lo que asumimos.

Más lejos en el espectro interpretativo, pero no fuera del alcance de algunos filósofos de la mente, está la posibilidad de que los sistemas sensoriales humanos estén habitualmente “calibrados” para filtrar ciertos espectros de información —del mismo modo en que el ojo no procesa radiación ultravioleta, no porque no exista, sino porque el sistema evolutivamente no la necesitaba. Una lectura alternativa indicaría que sustancias como el DMT podrían actuar como recalibradores de ese filtro, no generando información sino amplificando la que ya estaba presente pero por debajo del umbral perceptual. Si esto fuera cierto, implicaría que la pregunta sobre la naturaleza de las entidades no es “¿por qué el cerebro las fabrica?” sino “¿por qué normalmente no las vemos?”.

Esto no es ciencia. Es filosofía de la percepción aplicada a datos farmacológicos. Y es exactamente el tipo de pregunta que el estudio de Strassman puso sobre la mesa sin poder cerrar.

«El DMT parece ser la llave a un compartimento de la mente al que normalmente no tenemos acceso consciente. La pregunta es si ese compartimento es nuestro o si da a otro lugar.»

— Paráfrasis del marco conceptual desarrollado por Rick Strassman en DMT: The Spirit Molecule, Simon & Schuster, 2001

El estudio terminó en 1995. Strassman cerró el programa, en parte por el peso institucional de trabajar con una sustancia Schedule I, en parte por razones que él mismo describió como personales: no estaba seguro de que el marco clínico fuera el adecuado para lo que estaba estudiando. Los datos quedaron archivados. Los sesenta voluntarios volvieron a sus vidas.

La molécula sigue ahí, en tu sangre y en la mía, haciendo algo que todavía no sabemos nombrar.

La pregunta que Strassman no pudo cerrar —y que treinta años de neurociencia posterior han refinado sin resolver— no es si el DMT produce experiencias extraordinarias. Eso está documentado. La pregunta es esta: si una molécula que el cuerpo fabrica solo, sin intervención externa, puede generar de forma consistente y replicable el encuentro con algo que parece exterior al sujeto, ¿en qué punto decidimos que “alucinación” es una explicación y no simplemente otro nombre para algo que no sabemos cómo medir todavía?