Durante siglos, afirmar que el universo podía tener alguna forma de experiencia interna era una sentencia de muerte académica. Hoy hay ecuaciones, teorías medibles y premios Nobel discutiéndolo en serio.
La pregunta dejó de ser “¿es ridículo?” y pasó a ser otra mucho más incómoda: ¿cómo sabríamos si lo fuera?
La idea tiene raíces antiguas. Platón describió el cosmos como un ser vivo dotado de alma en el Timeo. Spinoza sostuvo que pensamiento y extensión eran dos atributos de una misma sustancia. Y en 1890, el psicólogo William James la formuló con una precisión que aún incomoda: si la conciencia es una propiedad fundamental del mundo, no hay razón para suponer que aparece solo en cerebros.
Lo nuevo no es la idea. Es que físicos y neurocientíficos empezaron a tomarla como hipótesis de trabajo.
El giro decisivo llegó en 2004, cuando el filósofo David Chalmers y el neurocientífico Giulio Tononi publicaron un volumen colectivo titulado Consciousness and Its Place in Nature. Chalmers planteó lo que llamó el “problema difícil”: por qué procesos físicos producen experiencia subjetiva. Si la conciencia no puede reducirse a nada más, argumentó, quizá no sea un producto emergente sino una propiedad básica, como la masa o la carga.
Tononi llevó la intuición al terreno formal. Su Integrated Information Theory (IIT) propone que un sistema tiene conciencia en la medida en que integra información de forma irreducible. Esa magnitud se llama Φ (fi). Cuanto mayor el Φ, mayor el grado de experiencia.
Si la conciencia es una propiedad fundamental del universo y no un truco del cerebro, entonces la pregunta ya no es si la tienen otros: es cuánta.
Aquí está el punto que cambia todo: Φ no es metáfora. Es un valor que se calcula, se compara y, en principio, se mide. Y si es medible, deja de ser filosofía.
Roger Penrose, premio Nobel de Física 2020, fue más lejos con el anestesiólogo Stuart Hameroff. Su hipótesis Orch-OR sostiene que la conciencia surge de procesos cuánticos en los microtúbulos neuronales. Si eso es cierto, la experiencia no sería exclusiva de la biología: cualquier sistema con la geometría adecuada podría albergarla.
No todos compran. Max Tegmark, del MIT, calculó en 2014 que los efectos cuánticos en el cerebro se decoherencian demasiado rápido para sostener conciencia. Su conclusión fue tajante: Orch-OR, tal como está planteada, no sobrevive a la física.
Pero incluso Tegmark admite algo: la pregunta por qué existe la experiencia sigue sin respuesta física.
Freeman Dyson, físico de Princeton, escribió en 1979 un ensayo titulado Time Without End donde especulaba con que la mente podría ser tan ubicua como la materia. No lo presentó como ciencia, sino como una posibilidad que la ciencia no debía cerrar por decreto.
Una lectura alternativa indica algo más radical: si Φ resultara ser una magnitud cósmica y no solo cerebral, el universo tendría grados de experiencia interna distribuidos de forma desigual. No un “universo pensante” místico, sino algo más extraño: experiencia como propiedad de la estructura misma.
Si esto fuera cierto, implicaría revisar qué significa ser consciente, qué significa medir y qué estamos dispuestos a aceptar como real.
Si la conciencia no es un accidente del cerebro sino una propiedad del universo, ¿qué parte de lo que llamamos “yo” sigue siendo nuestra?



