Si alguien empezara hoy a levantar un monumento y lo terminara en el año 3526, ninguna de las personas que colocó la primera piedra habría nacido cuando se colocara la última. Eso es, más o menos, lo que pasó en Stonehenge.

No fue una obra. Fue cincuenta generaciones encadenadas, cada una añadiendo, moviendo o desmontando lo que dejó la anterior, sin saber nunca para qué servía del todo. Y ahí sigue, en la llanura de Salisbury, cuatro mil quinientos años después del último ajuste.

La secuencia está bien documentada. Hacia el 3000 a.C. se excavó un foso circular con un banco de tierra y 56 hoyos periféricos —los llamados agujeros de Aubrey— que probablemente sostuvieron postes de madera. Mil años después llegaron las piedras grandes: las sarsen, de hasta 25 toneladas, arrastradas desde las colinas de Marlborough, a unos 25 kilómetros. Y luego, las bluestones, de origen galés.

Ese último detalle es el que todavía desconcierta. Las bluestones proceden de las colinas Preseli, en el suroeste de Gales, a unos 240 kilómetros. La mayoría de los arqueólogos acepta hoy que fueron transportadas por humanos, no por glaciares, aunque el debate sigue abierto. La hipótesis más citada combina trineos de madera, cuerdas y una ruta mixta: parte por tierra, parte por el canal de Bristol y los ríos.

Reconstrucción ilustrada del transporte de una piedra azul sobre trineo de madera, con cuerdas y rodillos, atravesando un paisaje prehistórico
Reconstrucción del traslado de una bluestone desde las colinas Preseli hacia la llanura de Salisbury, una ruta de aproximadamente 240 kilómetros.

Las alineaciones astronómicas también están verificadas. El eje principal del monumento apunta al amanecer del solsticio de verano y al atardecer del solsticio de invierno. No es coincidencia: la precisión es demasiado alta, y el paisaje circundante está salpicado de estructuras contemporáneas con orientaciones similares.

Durante décadas, la explicación dominante fue simple: un observatorio astronómico neolítico. Un calendario de piedra. Pero esa lectura se agrieta cuando se mira de cerca.

Si fuera solo un calendario, ¿por qué traer piedras desde 240 kilómetros? ¿Por qué remodelarlo una y otra vez durante mil quinientos años? ¿Por qué enterrar restos humanos incinerados en los agujeros de Aubrey desde las primeras fases?

Ese es el otro hilo. Stonehenge es, antes que nada, un lugar de muertos. Los análisis de isótopos en los restos humanos hallados indican que algunas de las personas incineradas allí procedían de regiones lejanas, incluido el oeste de Gales. No eran locales.

Un monumento construido durante 1,500 años por generaciones que nunca vieron el final. Nadie levanta algo así sin una razón que hoy no alcanzamos a leer.

En 2021, un equipo liderado por el arqueólogo Vince Gaffney publicó un hallazgo que reordenó el mapa. Mediante radar de penetración terrestre y magnetometría, detectaron un anillo de grandes pozos —de hasta 10 metros de diámetro y 5 de profundidad— alrededor del asentamiento cercano de Durrington Walls, a unos 3 kilómetros de Stonehenge. El conjunto sugiere que el monumento no era una pieza aislada, sino el centro de un paisaje ritual mucho más amplio. Puedes leer el estudio original en la revista Internet Archaeology.

Gaffney y su equipo sostienen que Stonehenge y Durrington Walls formaban un sistema: un lugar para los vivos y otro para los muertos, conectados por el río Avon y por el movimiento ritual de las personas entre ambos. La vida y la muerte como dos polos de un mismo paisaje.

Mike Parker Pearson, de University College London, ha defendido durante años una lectura complementaria: Stonehenge como centro de peregrinación estacional, vinculado a la unificación de comunidades dispersas de toda Gran Bretaña. Para él, las bluestones no eran material de construcción. Eran reliquias. Objetos cargados de significado ancestral, traídos de un territorio que se consideraba el origen del grupo.

Otros investigadores, como Timothy Darvill, han propuesto que el sitio funcionó como un lugar de sanación, una suerte de centro terapéutico prehistórico donde las piedras mismas tenían propiedades curativas atribuidas. La evidencia es sugerente pero no concluyente.

Hay una lectura que incomoda más. Si Stonehenge se construyó y reconstruyó durante mil quinientos años, y si el conocimiento necesario para alinear las piedras con los solsticios se transmitió durante ese tiempo, entonces no estamos ante un pueblo primitivo que descubrió la astronomía por casualidad. Estamos ante una c

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